Estimado Helmut,

Sí, lo sé y lo siento; ahórrese ese primer párrafo, se lo ruego.

Le escribo desde la mesa del comedor de guardar, que decidió convertirse en biblioteca improvisada. Poseen en mi mente las acumulaciones de libros, en particular las desordenadas, algo de mortuorio, de cementerio de frases y versos. Una tarde, sin poder aguantar ni un minuto más, salí al jardín y corté unas ramas en flor del membrillo japonés, con las que compuse un falsamente desordenado ramo. Lo introduje en un búcaro de cristal que corona una montaña de vetustos manuales de filosofía del arte, y cabe afirmar que hice mal.

A las ramas de membrillo siguieron doce pomposas cabezas de hortensia color marfil, una cascada de rosas precoces, y hasta lirios salvajes de un malva casi fluorescente. Empezó también la floración de las peonías, que bien sabe usted que me conmueven hasta la sensiblería (por lo de una infancia demasiado contaminada por relatos orientales y horas de receloso análisis de los biombos lacados que tía Hildegarda había comprado al anticuario chino amigo de Anselm). Y bien sabe usted que la irrupción de una peonía en una dependencia en donde me hallo congela el mundo como cuando alguien me habla de París, o de Giacometti, o de lo mal que acabó Sylvia Plath.

Comprenderá que todas las veces que, hasta ahora, he intentado sentarme a escribir, se hayan revelado infructuosas. Como ahora, figúrese: me tocará plantarme aquí porque una nube de agapantos blancos está por conseguir capturar toda mi atención.

Reciba un abrazo.

Victor

Estimado Helmut,

Llovía en la cocina, fíjese, para que luego digan.

Nos percatamos de ello la otra madrugada, aguardando la llegada de Diana. Sentados a la mesa, comiendo fruta escarchada y sorbiendo el enésimo café, una gota se precipitó sobre el medio, precisamente lo que se denomina el medio, de mi cráneo demacrado. Las gotas siguientes no se demoraron en exceso, y en pocos minutos la estancia era un semillero de cuencos y vasijas que acopiaban goteos y mojaduras.

Le prohibí a Diana, al menos por esa vez, que tocara el clavecín, alegando media docena de razones falsas. Los invitados quisieron saber el resto de la historia, y mencioné casi de pasada esa habitación que concluía un pasadizo de la casa de mi abuela, ala este segundo piso, lugar en el que, desde tiempos remotos, se guardaba la ropa planchada. El todo se autoproclamaba una ordenadísima rocalla de pliegues blancos que olían a jabón y tenían un no sé qué de pétalo blanco un tanto mancillado.

Diana seguía con sus menesteres, mujer independiente, y sacó del bolso las cartas de Picasso que le había prestado, y que la habían decepcionado tanto como a mí (“qué hombre, sólo dinero y mujeres, todo el tiempo, pero qué gran idea la del papel de periódico, ¿no cree usted, querido Victor?”). La vi venir y, visto que no tenía ganas de hablar ni de recetas vegetarianas ni de lo mal que acabó ese científico loco, fingí una urgencia y me encerré rápidamente en el baño.

Cuando volví al salón estaba sentada al clavecín, deshilvanando un Couperin. La abofeteé al acto para luego pedirle disculpas. Qué previsibles que sois, voceó Angelica desde la cocina, probablemente entornando los ojos: me sé de memoria ese guión.

¿Y usted? ¿Recibió mis libros, mis bocetos? Escriba pronto.

Victor

Estimado Helmut,

Mozart, re menor, amplitud y elegancia de gesto.

Una vez me enamoré de un tipo con cara de retrato de Modigliani, si hubiera sido con cara de retrato de otro no me lo hubiera planteado. En mi cabeza pintaba diferentemente, se lo aseguro, abundaban en él claroscuros y ciertos inequívocos fotográficos.

¿Otra persona? Lo supongo, recité robóticamente analizando el reverso de la mano izquierda, manicura perfecta. Las posibilidades serían tres: una acusada tendencia al maximalismo, una frase fuera de lugar, o, fatalidades,  un nardo exageradamente narcótico en el perfume. Por mucho Mozart que pueda llegar a declamar yo, incluso sin darme cuenta, demasiado nardo. ¿Le expliqué a usted lo de esa operación? Me anestesiaron parcialmente. Sentí eso que comentan, cosas de telefilm, la arena en los ojos, y el cirujano no podía parar de hacer preguntas.

¿Está usted canturreando? Cielos, cómo saberlo, tengo tanta música en la cabeza, tanta señor doctor, que a menudo me veo obligado a tener que olvidar acordes; y reír a carcajada limpia y no recordar las facciones del médico por mi arena en los ojos.

¿Nombre? De iglesia maravillosa, aquí en Venecia, que le mostraré la próxima vez que me visite usted. Me mirará asombrado y exclamará cualquier tipo de cosa exclamable sólo por la mismísima Karen Blixen, que en paz descanse, como si lo viera venir.

Es definitivo, voy a Cannes a primeros de abril, por lo de cambiar de aires. Hasta puede que atraviese la frontera en tren y coincida con esa famosa condesa que viaja con un baúl Vuitton que se despliega y, sorpresa, mesa de juego con ruleta y fichas incluidas.

¿Fotografías? Modigliani acuclillado junto a un riachuelo, con la testa alzada como un gorrión.

Reciba un abrazo,

Victor Schlimmelmann

Estimado Helmut,

Escribiré sin pensar, por lo de un fingido flujo de conciencia.

Las ausencias de Angelica, más habituales de cuanto quisiera, me llenan siempre de una aflicción lírica y rigurosa. Durante la presente, qué remedio, me nutriré de lo acaecido durante los últimos días. Las largas conversaciones sobre Vermeer, las podas en el jardín (y la llegada, vea, de un ejército de prímulas), y la tarta que horneamos hace unos días, abochornados por un inexplicable aburrimiento.

La casa ha sido invadida por una caterva de obreros, que se están ocupando de reparar el tejado. Si bien empezaron a trabajar justo después de la Epifanía, los retoques requeridos desde el interior no han llegado hasta ahora. Detesto los modales de esos hombres, fíjese, con sus uniformes sucios y sus manos agrietadas. Hasta el gato, siempre tan sociable, los rehúye cobijándose bajo el aparador del comedor, que suena a encuentro de cristal fino cuando se camina cerca de él.

Estoy cancelando mis planes de vida mundana, no me apetece ver a nadie. He vagado por la ciudad toda la mañana, desde el alba, y he catado dulces y cafés en tres pastelerías diferentes. Me he arropado en el barroco esplendor de Santa Maria Assunta, campo dei Gesuati, y, tras tomar el enésimo ristretto, he cogido el vaporetto en fondamente nuove para plantarme en San Michele. No entiendo esta manía tuya de frecuentar el cementerio, me dice siempre ella, ¿qué haces allí?

Tomar té con Stravinsky y Diaghilev, indudablemente, me respondo a mí mismo frente al impasible espejo de mi dormitorio. Sobre la cómoda reposa un jarrón que rebosa narcisos amarillos, regalo de ella, que hablan de vanidades y primaveras precoces. Los miro y sonrío antes de vaporizar algo de perfume. Dígame usted qué especie de aristócrata vienés sería yo si saliera de casa sin haberme conciliado con este mío mundo implacable mediante un aseo diligente y pomposo.

Siempre suyo,

Victor

Estimado Helmut,

No se lo niego, a veces las cosas ocurren así.

Una vez Albrecht me explicó que, años atrás, cuando comunicó a su jefe de esa época que renunciaba al trabajo porque había encontrado algo mejor, empezaron a acontecer cosas un tanto embarazosas. Según dijo, todos, particularmente los que no le habían dirigido la palabra en su vida, lo abordaron para estrechar manos y dar palmaditas en la espalda. “Como la gente de las películas le habla a la persona que sabe que sólo le quedan dos meses de vida.” Albrecht tiene una mente muy cinematográfica e invariablemente hace comparaciones por el estilo.

Para mí todo eso es diferente. Sólo me hablaron como si me quedaran dos meses de vida la vez que decidí retirarme del club de campo al que no iba, como si vivir sin ese club fuera vivir en apnea o, lo que podría ser lo mismo, cambiar de barrio. (Hubo esa otra vez, que citaré entre paréntesis porque es bastante menos chic, cuando dejé de sostener una organización no gubernamental porque me enteré de que pertenecía a un político que evadía divisas. Rellenando ese estúpido cuestionario, la casilla de las razones por las que cancelaba la suscripción arañé, con mi caligrafía jeroglífica y psicoanalizable, un “y a usted qué le importa” del que me siento inexplicablemente orgulloso.)

Yo en cambio sólo le hablé así a una persona, un señor anciano y gordo, de ese tipo de gordura que hace que la panza salga de debajo del suéter y se muestre así la camisa de turno, que vivía desde los cuarenta en el edificio pero que mi familia no llegó a tutear jamás. Quiso convencerme de que su vista sobre el Palais de Luxembourg era mucho mejor que la mía, y ahí empezó a caerme mal, ya que él habitaba el cuarto piso y yo el último. Por lo visto se había arruinado y, como sólo ocurre en las películas, es decir, según Albrecht en todas partes pero según Victor Schlimmelmann en persona sólo en las películas, quería venderlo todo. Cómpreme estas gorgonias engastadas en bases de plata, me repetía. Que qué iba yo a hacer con media docena de gorgonias, pregunté. Pues montarte una wunderkammer, espetó Berthe saliendo de la nada como siempre, ya me dirás tú qué otra cosa se puede hacer con una gorgonia si no es una wunderkammer.

Reparé en las etiquetas adheridas a muchos de los objetos. Blancas o rojas, todas ellas circulares, de un centímetro de diámetro. No conseguía comprender en qué diferenciaban un tipo de objetos de otro. Rastreé las blancas: un retrato de Boldini, un búcaro de cristal negro, un opulento espejo convexo. Las rojas en cambio eran también interesantes, pero más anodinas: un bodegón de Chardin,  un dibujo de Picasso representando la paloma de la paz, una linterna china y roja y apolillada y misteriosa.

Pegatinas blancas para lo que no está en venta, explicó sin que le preguntaran. Es por el valor sentimental, se justificó sonriendo torpemente mostrando sus encías decrépitas. Berthe lo encañonó con cinismo, arropada por el suntuoso ramo que salía del arrollado que sostenía con su brazo izquierdo (había en él, como mínimo, un paquete de vainas de loto y varias amarilis blancas), mientras calibraba con la mano derecha un caparazón de cría de caguama.

Ella compró una pitillera de plata, dos retales de damasco antiguo y una ridícula cornamenta de antílope por la que la tomé poco en serio toda la noche. El señor barrigudo lo metió todo en una arrugada bolsa de papel de las galerías Printemps. “¿Has visto el cuadro de los bañistas, el del dormitorio?” Sí, lo había visto, un poco en plan estudio anatómico de Géricault, pero en versión rudimentaria. Fue precisamente esa imagen la que confirmó mis sospechas y la que me hizo volverme una persona encantadora: al moribundo, si abandonado, se le debe un cierto respeto.

Berthe se autoinvitó a cena y yo se lo permití a cambio de las flores. Pobre señor, me regaño, baja mañana mismo y llévate algo tú también. Escogí las malditas gorgonias, como cabía esperar.

Reciba un abrazo,

Victor

Estimado Helmut,

No me odie usted por la no-postal. No encontré ninguna que me gustara.

Siento el retraso, aunque eso sea lo de menos porque siempre anda usted ajetreado.

Antes de que se me olvide le diré que Luca me ha telefoneado esta tarde y me ha pedido que lo saludara a usted. Acaba de tomar tierra y sigue embelesado. Me ha dicho que tantas cosas en Kerala le han recordado a mí: el sándalo, el té, las especias. Cuenta que las cunetas están repletas de orquídeas raras y que él, haciendo como hacía una ruta en bicicleta, toda una peregrinación, ha tenido ocasión de reparar en todas ellas y remitirme, telepáticamente, varias fotografías. Volviendo de Moscú hallé las orquídeas del estudio, que es la zona más gélida de toda la casa, marchitas. Sus hojas pendían parduzcas. Debe ser que este lugar ha estado desierto demasiadas semanas. El membrillo japonés que me regaló usted está cargado de buenas noticias, eso sí, y los tulipanes precoces ya están despuntando. Cuando florezcan le diré de qué color son.

El viaje a Rusia fue una odisea, y temo que de él, al menos esta vez, no flotarán más que los contratiempos. No me queda otra que relatar el más penoso. No nos consentían, ni a Jean y ni a mí, atravesar la frontera. Tuve que deletrear mi apellido muchas veces, y explicar lo de la doble nacionalidad en todas partes. Recordé ese episodio de las memorias de Stravinsky, en el que en las aduanas italianas no le dejaban pasar un retrato que Picasso le había regalado, y me sentí terriblemente banal porque a mí ya no me retrata nadie. Usted que entiende de fotogenias, dígame, ¿cree que el tiempo me ha estropeado? June sostiene siempre que no, que son imaginaciones mías, y yo nunca la tomo en serio porque en el fondo sé que me tienen ustedes cariño y eso los desvirtúa, indiscutiblemente, los convierte en personas parciales y, en cierto modo, poco de fiar.

Como le decía, tuve que deletrearme en diversos idiomas, y mi acento los divertía a todos invariablemente. Usted vendría a ser un alemán edulcorado, espetó un oficial bisoño y petulante, que no tenía ni un alba de a quién se estaba dirigiendo, y al que le pregunté por quién se tomaba en un ruso mejor que el suyo. Cuando uno dice “Viena” la gente normal piensa en el concierto de año nuevo, pero yo pienso en los abriles techados de árboles abigarrados de yemas cuyas filigranas dejan entrever el sol. Pienso en Schiele, o en los paseos con Friedrich, que habiendo visitado la Schmetterlinghaus cuando aún era bella, ya me entiende, antes de que la retocaran, terminaban en el Sacher, comiendo tarta y hablando con la camarera que siempre se ponía con los brazos en jarras antes de sonreír y saludarnos con toda clase de ceremonias.

Demasiados cuadros, decía el oficial, demasiados cuadros, tengo que hacer unas llamadas. Pues hágalas, respondió Jean de lo más contrariado, lo que nos supuso mucho tiempo de espera. Ya conoce usted a Jean, que discute por todo aquello que le parece estúpido, que suele ser casi todo desde que ya no cree ni en el nihilismo. Lamenté que el oficial no fuera Angelica, a quien podría haberle dicho que Matisse bien vale una misa, y que no es lo mismo esto que lo otro, o que hay muchos tipos de azul. Jean siguió airado toda la tarde, y consumió la espera fumando en el sórdido bar de la estación, quemando los cigarrillos hasta la mitad para seguidamente apagarlos contra el fondo de la taza en la que, horas antes, le habían servido un café aguado.

Esta carta era sólo para anunciarle que volvía a estar en la laguna, para hacer lo que el vulgo denomina “dar señales de vida”. Algo que yo evito a toda costa. Uno sólo debería escribir cuando tiene algo que contar. Como, en cierto modo, aquello que declamaba un profesor que tuve en la universidad, enamorado de la estética musical, y de Goethe, y de las insulsas camisas a rayas: mientras suena Schönberg nadie debería hablar.

Victor Schlimmelmann

Estimado Helmut,

Debió usted ver luz porque no dormía o, lo que es peor, no podía dormir.

Para las noches así me reservo los quehaceres que no se me ocurriría llevar a cabo en ninguna otra circunstancia por ingratos: clasificar escrituras, peinar los flecos de la pasamanería, contar los lunares esparcidos por el picado espejo colgado sobre la cómoda de mi dormitorio. Consumido todo eso, y faltando aún varias horas para que sonara el despertador, decidí escuchar música.

(Guardo Mahler para después del espejo, cuando el desespero es mayor; ese es a mi parecer el único modo de comprenderlo. Es tan intenso, tan cegador, tan subyugante. No me extraña que Visconti y Badalucco no escucharan otras notas mientras escribían y filmaban Morte a Venezia. Imagínese usted las playas del Lido henchidas de ecos de gramófono con un vinilo de Mahler.)

Seleccioné el disco de la décima sinfonía y lo metí en el reproductor. Vea de qué forma se alargan, elásticas y densas, todas sus frases. Fíjese en qué modo una mente humana es capaz de obrar semejante catedral, regia y perenne. Yo no soy religioso por falta de fe, pero si tuviera que elegir por causas de fuerza mayor, que se me aparezca Euterpe una vez al mes y materialice para mis oídos todo su arte de musa. La décima de Mahler no sería una mala visión para empezar. He trazado sobre mi memoria su recorrido, profundas orillas y puntos culminantes incluidos. Su sonido es tan espeso que embiste el aire como una borrasca boscosa. Y me conmueve siempre, pretendo desconocer por qué razón, que el tercer movimiento se titule purgatorio. Purgatorio.

Al final, cosas de la vida, setenta y cinco minutos de sinfonía tampoco inundan una noche, y como seguía faltando una hora para que sonara el despertador, empecé a componerme para salir. Caminé bajo el paraguas hacia Rialto y entré en el Erberia. Los comerciantes del mercado deglutían presurosos sus desayunos, sus cafés con leche caliente, sus odiosas bruschette con salame y medio pimiento verde encima. No había vuelto allí desde la última vez que me llevó Guidalberto. (Despuntaba la  primavera y tomamos ristretti y hojaldre de arroz.) Lo eché de menos a él por sus sepias rellenas, su modo de arrellanarse en el sillón de leer y su inventario de aforismos para describir Venecia.

Es extraño hacer con las ciudades lo que hago con la décima de Mahler; delinear un mapa de recovecos ya explorados. Un laberinto morado por lugares y personas sempiternos y hieráticos. Después de llevarlo al cementerio del Lido fue preciso vaciar media casa porque su presencia viva me forzaba a seguir llamando con los nudillos a las puertas de sus aposentos pidiendo permiso para entrar. Tocó descolgar cuadros, enrollar alfombras, subastar estatuas. Desmantelar un dormitorio y retirar esas almohadas y apilar esos libros que pertenecieron a alguien que ya no está. No hay musa suficientemente hábil para colmar semejante oquedad, ni siquiera Euterpe.

Aguardé frente a Santa Maria del Giglio hasta que la abrieron. Sólo quería meterme en la capilla Molin y volver a admirar en silencio la Madonna de Rubens, rodeada de relicarios y con un seno escapando de su vestidura burdeos. Volví a casa algo antes de mediodía y las lámparas seguían ardiendo. Por eso vio usted luz en ese ala: en realidad Mahler estaba techando un vacío.

Reciba un abrazo,

Victor